Ponencia presentada en la XVIII Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos celebrada en Roma del 27 de febrero al 2 de marzo de 1999 y publicada en el volumen Redescubrir la Confirmación, Pontificio Consejo para los Laicos, Ciudad del Vaticano 2000. Posteriormente el autor ha introducido pequeñas correcciones y adaptaciones en vistas a la presente edición.
En el Anuario estadĂstico de la Iglesia de 1999 consta que por primera vez los catĂłlicos bautizados han superado los mil millones . La cifra puede parecer impresionante, pero quizás otros datos puedan ofrecer algunos elementos para la reflexiĂłn.
Para empezar dirĂ© que es muy significativo que justo durante la celebraciĂłn del 2000 aniversario del nacimiento de JesĂşs se dĂ© una nueva primicia histĂłrica. AteniĂ©ndonos siempre a la estadĂstica, entonces el nĂşmero de musulmanes superará al de los catĂłlicos. TambiĂ©n esto ocurre por primera vez, y no es solamente un hecho demográfico como resultado de la mayor fecundidad de las familias islámicas. A su vez, otra primicia histĂłrica es la difusiĂłn del budismo en Occidente que, hasta hace pocos decenios, parecĂa un tema exĂłtico, reservado a los especialistas o a los amantes del folklore oriental. Si además vemos quĂ© significan en el porcentaje global aquel los mil millones de catĂłlicos, descubrimos que representan sĂłlo el 17% de la poblaciĂłn mundial. Por tanto, de cada 100 personas vivas sobre la tierra, 83 no forman parte de nuestra Iglesia. Un porcentaje que, en el continente de mayor poblaciĂłn como es Asia, asciende por cierto al 97% de no catĂłlicos.
No hace falta recordar que las estadĂsticas tienen acceso solamente al hecho demostrable del Bautismo, pero no a la adhesiĂłn a la fe, que sĂłlo Dios conoce. Podemos, por tanto, basarnos solamente en otra estadĂstica: la de la participaciĂłn en la Misa los dĂas festivos. Sabemos que en Occidente no se supera el 20-25% de practicantes. Ésta es la media, más alta en algunos lugares y más baja en otros, hasta porcentajes inferiores al 5% en algunos barrios de ParĂs que durante siglos fue una de las ciudades clave de la cristiandad, pasando por la crisis de practicantes en la España que fue sinĂłnimo de catolicismo vigoroso. Pero hay más. Las encuestas sociolĂłgicas entre estos practicantes que aĂşn sobreviven señalan un dato alarmante: el poco conocimiento de las principales verdades afirmadas por el magisterio de la Iglesia y la poca adhesiĂłn a las mismas. AteniĂ©ndonos a una encuesta reciente (realizada precisamente a la salida de la Misa dominical), un porcentaje alto de europeos y americanos declaraba una tendencia a creer más en algĂşn tipo de reencarnaciĂłn que en la resurrecciĂłn final de los cuerpos, que es la base de la esperanza cristiana y que hace de ella un unicum. Sabemos asimismo que si continĂşa el paso a las sectas al ritmo actual, el continente latinoamericano será pronto ex-catĂłlico, en vez de ser aquel futuro de la Iglesia que se esperaba.
En fin, si queremos actuar con el realismo que, como amor a la verdad, está entre las virtudes cristianas, tendremos que aceptar que despuĂ©s de casi veinte siglos de que JesĂşs pusiera a Pedro como piedra de su comunidad, son una pequeña minorĂa aquellos que de verdad forman parte conscientemente de la que el Credo llama «Iglesia una, santa, catĂłlica y apostĂłlica».
Pero atenciĂłn: rechazar la retĂłrica consoladora y constatar nuestra situaciĂłn actual de minorĂa no debe llevarnos al desaliento, sino, por el contrario, a confirmarnos en la verdad del Evangelio. Es el mismo JesĂşs el que lo ha predicho, llamándonos «pequeño rebaño» (Lc 12,32), «grano de mostaza» (ver Mt 13,31), «fermento de levadura en la masa» (ver Mt 13,33). El criterio de la cantidad no es ciertamente un criterio evangĂ©lico. Hemos de evitar la mentalidad de los que dicen «pocos, pero buenos»; de los que quisieran que la Iglesia de Cristo se redujera a un puñado de «puros y duros», de virtuosos, de coherentes, a una especie de club de Ă©lite. Ésta es la eterna tentaciĂłn gnĂłstica, cátara, herejĂa que el magisterio ha condenado siempre. Es la tentaciĂłn del donatismo contra el que lucha San AgustĂn, y del jansenismo que hubiera querido la «secta de los perfectos». Una tentaciĂłn que viene de antiguo y que resurge con la pretensiĂłn de una Iglesia hecha sĂłlo de «creyentes adultos», como dicen, comprometidos, actualizados, militantes… Y, sin embargo, la propuesta cristiana —en particular la catĂłlica— va dirigida a todos. Ante cada hombre y cada mujer se abren las puertas de esa Iglesia que su mismo Fundador compara con una gran red echada al mar para pescar toda clase de peces. Pero tambiĂ©n debemos ser conscientes de que en el misterioso plan de Dios está previsto que no todos acojan la invitaciĂłn, a pesar de estar dirigida a todos; que muchos no entren a formar parte, al menos de modo visible, de la Iglesia. No olvidemos la etimologĂa. Iglesia es en griego ekklesia, la comunidad de los llamados: la comunidad, por tanto, de los que el EspĂritu ha convocado, segĂşn criterios misteriosos que a nosotros se nos escapan pero que debemos respetar. Sin olvidar tampoco lo que tanto los mĂsticos como los santos han intuido, y los teĂłlogos han teorizado: los confines de la Iglesia espiritual, invisible, los conoce sĂłlo Cristo y son mucho más amplios que los de la Iglesia visible e institucional.
Creo, por tanto, que entre los «signos del EspĂritu» a los que alude el tema que se me ha dado para la discusiĂłn y que debemos discernir, conviene destacar sobre todos Ă©ste: el hecho de que el cristianismo en general, y el catolicismo en particular, son una minorĂa. Ello no nos exime de la obligaciĂłn de hacer apostolado para proponer y, si es posible, difundir nuestra fe entre el mayor nĂşmero de personas. En cuanto al resto, los caminos del Señor no son los nuestros; y son caminos imprevisibles. PodrĂa darse que la tendencia negativa diera un giro, incluso de pronto, y que las cifras de catĂłlicos subieran, quiĂ©n sabe si de modo espectacular. ÂżNo ocurriĂł eso despuĂ©s de la crisis revolucionaria entre 1700 y 1800, cuando a los ojos humanos la Iglesia perseguida, dispersa, escarnecida, parecĂa que habĂa llegado a su fin? «PĂo VI y Ăşltimo», Âżno fue esto lo que dijo NapoleĂłn hace dos siglos, cuando le comunicaron la muerte, en una pequeña localidad de la provincia francesa, del Papa que Ă©l habĂa hecho prisionero? Y por el contrario, se abriĂł el siglo XIX. Y aun anteriormente, Âżno hemos asistido a un renacimiento espectacular durante la crisis arriana o la de la Reforma protestante, cuando parecĂa que la Iglesia estaba en las Ăşltimas?
Nosotros, sin embargo, debemos contar con la realidad como es hoy por hoy: minoritaria. Realidad que desde un punto de vista evangĂ©lico representa, de alguna manera, la normalidad. Realidad que no es necesariamente negativa y que incluso puede ser una oportunidad, siempre que seamos conscientes de una cosa: somos minorĂa, pero no debemos quedarnos al margen. De ninguna manera podemos sentirnos inĂştiles, que estamos de más, porque vamos a remolque de otros, porque hacemos y decimos lo que los demás hacen y dicen (a menudo sin ninguna originalidad) y quizás mucho mejor que nosotros.
Para usar la imagen evangélica de la sal: basta poca para dar sabor a toda la masa; pero si pierde el sabor, no sirve para nada. En resumidas cuentas, de ser algo insignificante, la sal se ha convertido en algo marginal. Debemos, por tanto, intentar responder —verdaderamente como cristianos y como católicos— a las expectativas de los hombres, ofreciéndoles eso que sólo nosotros podemos dar.
DirĂ© aquĂ algunas cosas de las muchas que se podrĂan decir, lanzando la primera piedra de la provocaciĂłn y precisando, sobre todo, que no pretendo tener razĂłn. Reconozco en mĂ un solo carisma: la falibilidad. Y no estoy precisamente de acuerdo con algunas inteligencias clericales actuales que quisieran abolir el dogma de la infalibilidad papal, de 1870, para atribuĂrsela ellos… Aclarado esto, quisiera recordar con humildad que conozco por experiencia propia el tema del que estoy hablando; algo que puede ser una ventaja pero tambiĂ©n un lĂmite. Soy consciente de que me encuentro delante de una Asamblea plenaria de un Consejo que, por ser catĂłlico, es por definiciĂłn, universal. AquĂ está representado el laicado de todos los continentes, mientras que quien les habla es europeo. Me sitĂşo desde la perspectiva de un occidental; por tanto, lo que dirĂ© tendrá un significado general pero condicionado por mi propia experiencia, comenzando por mi formaciĂłn familiar y escolar que no ha sido cristiana, ni mucho menos catĂłlica. Mi juventud ha sido la de un italiano de la segunda mitad del novecientos, agnĂłstico y lejano de la Iglesia. La fe en el Evangelio y la entrada en la Iglesia catĂłlica, al menos como practicante, ha sido tardĂa. Por consiguiente, a diferencia de tantos en el mundo catĂłlico, de tantos que conocen el por asĂ decirlo «mundo laico» y su cultura, pero sĂłlo en teorĂa (quizás por eso se sienten amedrentados y con vergĂĽenza), yo conozco ese mundo y esa cultura por experiencia propia, ya que es ahĂ donde me he formado (o si prefieren, deformado…). No en vano los trece libros que hasta ahora he escrito son todos sobre «las razones para creer», sobre «motivos racionales para apostar por la verdad de los Evangelios»: no hay página que haya escrito donde no haya tenido como interlocutor, primero y privilegiado, a mĂ mismo en mi juventud, cuando estaba fuera del haz de luz de una fe que rechazaba sin conocerla. Siendo, no obstante, consciente de que puedo equivocarme tanto en el diagnĂłstico como en el tratamiento, si vuelvo a mi pasado, creo que puedo identificar bien cuál era mi situaciĂłn. Era la situaciĂłn de quien tenĂa de todo (o casi) para vivir cĂłmodamente, pero le faltaba lo que es más importante: una razĂłn, un sentido, un significado por el que vivir. Le faltaba, de hecho, eso que sĂłlo la fe puede dar.
PermĂtaseme hacer una observaciĂłn: en estos decenios, nosotros, hijos de la Iglesia (me refiero a nosotros todos, clero y laicos), nos hemos presentado a menudo como «desequilibrados». En sentido etimolĂłgico: carentes de equilibrio. En uno de mis Ăşltimos libros, con el sugerente tĂtulo d e Algunas razones para creer, hacĂa notar que el cristiano está llamado a la sĂntesis, a la uniĂłn de los opuestos, a la convivencia de los contrarios. En resumen, tanto en su pensamiento como en su acciĂłn debe inspirarse en lo que llamo la ley del et et, para decirlo en latĂn, del both and, para decirlo en inglĂ©s. Esta «ley de la sĂntesis» es la de la ortodoxia. Mientras que aut aut, either or, es la ley de la herejĂa. No es por casualidad por lo que la palabra «herejĂa», del griego, significa «aquel que elige». El catĂłlico, por tanto, quiere «no sĂłlo esto sino tambiĂ©n aquello» (et et), mientras que el hereje quiere «esto o aquello» (aut aut). En cuanto a lo que nosotros nos interesa, en estos decenios hemos estado desequilibrados, como decĂa anteriormente, incluso en aquello que debe distinguir al discĂpulo de Cristo, es decir, en el ejercicio de la caridad.
Quizás hemos olvidado que la caridad tambiĂ©n es «doble» (et et): existe la caridad del pan, del cuerpo, de la ayuda material. Pero tambiĂ©n la caridad de la verdad, la del espĂritu, la de la inteligencia, la de la voluntad; la caridad del alimento espiritual; y es justamente Ă©sta la más apreciada en la jerarquĂa de la realidad cristiana.
Llevamos muchos años entendiendo la caridad como la ayuda a los hermanos, casi únicamente como solidaridad social, como asistencia económica, como voluntariado, como recogida de donativos para dar pan, techo, medicinas, a quien lo necesita. Naturalmente, se ha tratado y se trata de cosas estupendas, y ¡ay de nosotros si nos olvidásemos de ellas! Pero, ay de nosotros también si nos olvidásemos de que (palabras de Jesús) «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Muy a menudo, junto al alimento material hemos olvidado ofrecer el espiritual: precisamente la palabra que sale de la boca de Dios; es decir la Revelación, el Evangelio.
Actualmente hay en el mundo muchĂsimos cristianos, muchĂsimos catĂłlicos que se entregan generosamente a los demás, ya sea aquĂ en Occidente como en el llamado tercer mundo. A ellos va nuestro reconocimiento; pero al mismo tiempo nuestra inquietud. De hecho, a menudo no parece que consideren la fe como «artĂculo de primera necesidad», dado que no unen a sus gestos (siendo Ă©stos sacrosantos) aquel anuncio que puede alimentar el alma. Por cierto, conozco catĂłlicos que piensan que es parte de su deber de caridad el no hacer un anuncio explĂcito porque, por decirlo con palabras de los Hechos de los ApĂłstoles, «sĂłlo en el nombre de JesĂşs está la salvaciĂłn» (ver Hch 4,2). ¡El hablar de la fe a las claras les parece falta de respeto hacia los demás! Sin embargo, los santos siempre han sabido y enseñado, de acuerdo con el resto del magisterio de la Iglesia, que la primera de las caridades es la de la verdad. ÂżNo es acaso para revelárnosla, para comunicárnosla, para enseñárnosla, para lo que el Logos ha venido entre nosotros? ÂżHemos quizás olvidado que la Ă©tica (incluso, y sobre todo la más sublime) no es sino una consecuencia de la fe en el Dios de Jesucristo?
En efecto, en la actualidad nuestra solidaridad para con el prĂłjimo es a menudo anĂłnima, casi como si considerásemos superfluo (es más, hasta ofensivo, como dije anteriormente) ponerla bajo el signo de JesĂşs. Hemos olvidado la ley del realismo cristiano: nosotros no somos llamados a amar y servir a los demás, a todos los hombres, por amor al hombre. El hombre (comenzando por nosotros) con frecuencia no es de hecho amable, no es simpático, es inconstante, egoĂsta y tantas veces desagradecido. Si somos cristianos, estamos llamados a amar a los hermanos no especialmente por amor a los hombres, sino por amor a Cristo que vive en ellos. Por este motivo, la caridad no es esa filantropĂa, esa solidaridad que se practica al margen de la fe. Por poner un ejemplo llamativo: la controversia que desde hace casi tres siglos enfrenta a la Iglesia con la masonerĂa tiene su fundamento precisamente en esto, la defensa cristiana de lo especĂfico de la caridad en relaciĂłn a la filantropĂa de la que habla la Logia masĂłnica. FilantropĂa (hoy se dice solidaridad) que es realmente, si la miramos bien, un intento de vivir la moral cristiana prescindiendo de Cristo. Un intento de practicar ese efecto espontáneo de la fe que es la Ă©tica, pero rechazando la fe en sĂ misma o no teniĂ©ndola en cuenta.
Y hay más. ÂżEstamos de verdad seguros de poder practicar la caridad del pan, de poder ayudar a nuestro prĂłjimo de modo justo y eficaz, prescindiendo de la guĂa de la fe? Un gran cristiano, un gran laico catĂłlico, Blaise Pascal, resumiĂł en cinco palabras el programa de la caridad para los seguidores del Evangelio. Dichas en el francĂ©s de Pascal, estas palabras son: «Bien penser pour bien agir», pensar bien para actuar bien. Pensar bien, es decir, orientar nuestro comportamiento segĂşn la direcciĂłn que nos proporciona la fe. ÂżDe quĂ© servirĂa eso, que no por casualidad se llama RevelaciĂłn, y que nosotros consideramos recibida del propio Dios, si bastase nuestra buena voluntad, nuestro sentido comĂşn, nuestra razĂłn, dejadas a sĂ mismas, para rellenar el folleto de instrucciones para el buen uso de nosotros mismos en el mundo? En efecto, hay que tener la fundada sospecha de que muchas de las llamadas «causas buenas», con las que hoy se comprometen tantos cristianos, no sean de hecho buenas a pesar de las apariencias edificantes. Se tiene la sospecha de que determinadas buenas acciones que no van precedidas del «pensar bien», tengan el riesgo, a pesar de la buena voluntad, de perjudicar al prĂłjimo más que de ayudarlo. Pensemos en tantos cristianos que en las Ăşltimas dĂ©cadas se han pasado al marxismo ateo, convencidos (y de buena fe) de que la praxis comunista, a pesar de no aceptar el pensamiento cristiano, era beneficiosa para el hombre. Conocemos de sobra los resultados desastrosos que ha reportado a la humanidad. Hoy, una vez que el comunismo ha caĂdo sin pena ni gloria, muchos cristianos, muchos catĂłlicos se han pasado a las filas de los que mantienen la ideologĂa de moda: el liberalismo, con sus prescripciones de lo politically correct. Muchos creyentes piensan que los caminos del Evangelio coinciden con estos nuevos decálogos de lo polĂticamente correcto, pero tengo la duda de que una vez más esto sea un equĂvoco, de que todo es «ser bueno s», que está tan de moda, tenga poco que ver con el proyecto de Cristo.
Tenemos necesidad de la fe para que guĂe nuestro camino, para no ser ciegos que guĂan a otros ciegos. Pero asimismo tenemos el deber de darla a conocer a los demás. Si muy a menudo no seguimos practicando esta caridad de la verdad, es precisamente porque , quizás inconscientemente , hemos reducido el Evangelio a un «manual de voluntariado», a un «texto para la solidaridad social». El Evangelio tambiĂ©n puede ser esto, pero lo es de manera subordinada. Si el Evangelio es la «buena noticia» (en griego) no es precisamente porque viene a quitarnos el sufrimiento, sino porque viene a quitarnos la desesperaciĂłn. Y la desesperaciĂłn nos acompaña necesariamente (lo digo por experiencia personal: no nacĂ cristiano, como ya dije) si todos nuestros proyectos se estrellan contra el muro de la muerte; si nos damos cuenta de que todos nuestros afanes son absurdos porque la oscuridad acabará con todo ello sin remedio; si estamos provistos de todo menos de esperanza, sin la cual, incluso lo que pudiera ser más dulce, se vuelve amargo.
Ésta, pienso yo, es la primera gran expectativa de los hombres de siempre, y en particular de los de hoy: encontrar un sentido para vivir y morir, para gozar y sufrir, para la salud y la enfermedad. Un envenenamiento mundano (pensamos sobre todo en la «vulgata» marxista) nos ha deformado hasta el punto de identificar la pobreza, siempre y solamente, con la falta de dinero, de comida, de bienes materiales. Naturalmente se es pobre tambiĂ©n asĂ, pero parece que nos hemos olvidado de que es justamente en los paĂses más ricos donde el hombre es hoy más pobre. Porque ni los automĂłviles , ni las cuentas en los bancos, ni una casa llena de todos los electrodomĂ©sticos imaginables, ni un a computadora o un telĂ©fono celular, ni una ropa elegante, consuelan al hombre al que le diagnostican un cáncer, o a la mujer que no se siente amada, o simplemente a cualquier persona que se ponga en verdad frente a la condiciĂłn humana y sea consciente de que todo es inĂştil y caduco.
Estoy convencido de que todos en la Iglesia, comenzando por nosotros los laicos, cada cristiano, cada uno a su nivel, deberĂa darse cuenta de que tiene algo con lo que debe ayudar al hermano. Una ayuda que sĂłlo Ă©l le puede dar, es decir, la caridad de la verdad sobre el hombre y el mundo que, como el mismo JesĂşs ha dicho, es la Ăşnica que libera. Nos libera, por tanto, de la desesperaciĂłn, dando un significado a esa carrera frenĂ©tica que es la vida humana y que parece venir de la nada para volver a la misma nada, esta vida nuestra que, si no sabemos buscarle un significado, no será más que, como alguien ha dicho, «un paquete que el ginecĂłlogo manda directamente al sepulturero». Rechazar el absurdo desesperante y aceptar el Misterio que consuela es la propuesta que podemos hacer solamente nosotros, los creyentes, pobre rebaño, pero al que le ha sido regalado, sin mĂ©rito de nuestra parte, aquella levadura de la esperanza que es lo que más falta en la inmensa masa del mundo, al menos en el Occidente postmoderno.
En estos años está sucediendo algo paradĂłjico y misterioso. Se da el caso de que el siglo que termina está llevándose consigo los residuos de todas las esperanzas humanas con las cuales los hombres habĂan tratado de sustituir (asĂ lo creemos) la Esperanza cristiana, la Ăşnica que se puede escribir con mayĂşscula. A partir del siglo XVIII, es decir del Iluminismo europeo, y de ahĂ poco a poco a travĂ©s del siglo XIX y del siglo XX, parecĂa que esas religiones seculares, solamente humanas, como son las ideologĂas modernas, hubieran quitado el puesto a la fe cristiana. Pues bien, las esperanzas que esas ideologĂas anunciaban se han vuelto en contra suya. Los sueños de «futuros» radiantes para la humanidad se han convertido en sangrientas pesadillas cada vez que se ha intentado ponerlos en práctica. La expectativa de que la tierra fuera un paraĂso se ha visto sofocada por los infiernos de los gulag y los campos de concentraciĂłn. Y ahora, huĂ©rfanos de todas las esperanzas anunciadas por aquellos falsos profetas que han sido tantos intelectuales y polĂticos, parece que nuestros hermanos de hoy están, más que nunca, disponibles a prestar oĂdo a un anuncio renovado de la esperanza antigua, sĂ, de hace veinte siglos, pero que justamente hoy podrĂa resonar aĂşn con mayor credibilidad y fuerza, tras haber experimentado, sobre la piel de la humanidad, adĂłnde nos llevaban las redenciones humanas prometidas. Y sin embargo hoy, precisamente hoy, se constata que en muchos cristianos, y desgraciadamente y sobre todo, en muchos catĂłlicos, existe una especie de mutismo, como de freno, para volver a anunciar la fe y sus razones. Muchos de los que podrĂan mitigar la mortĂfera claustrofobia actual del mundo, volviendo a anunciar explĂcitamente la Palabra que no defrauda y que salva de la desesperaciĂłn, parece que quisieran ser solamente «como los demás»; comprometiĂ©ndose, sĂ, pero sĂłlo como humanos, como humanĂsimos «asistentes sociales», sin querer decir que Cristo es el que los mueve, el que da significado a todo su actuar.
Naturalmente, mi ponencia quiere señalar una situaciĂłn eclesial que atañe a todos los creyentes: al clero, por supuesto, pero tambiĂ©n a nosotros, laicos creyentes. Nosotros, que más que nadie estamos «dentro» del mundo, somos los que debemos volver a encontrar la fuerza de la levadura, el sabor de la sal que se nos ha dado y que tenemos la obligaciĂłn de dar a los demás. Tenemos que volver a ser, como dice el tĂtulo de esta ponencia , verdaderos « confesores de la fe», y en medio de todo nuestro activismo hemos de volver a tomarnos en serio la advertencia de JesĂşs: «Sin mĂ no podĂ©is hacer nada» (Jn 15,5).
Quisiera recordar lo que decĂa al inicio: el problema está en encontrar aquel equilibrio del et et, del both and, sin el cual no hay catolicismo. Por tanto, el redescubrir que la primera forma de caridad es la de anunciar explĂcitamente la verdad, no significa, de ningĂşn modo, el abandono de las obras de caridad, del voluntariado, de la solidaridad. Pero este dar el pan del cuerpo no es más que la consecuencia lĂłgica, necesaria, natural, para todos aquellos que han recibido el don principal: el de la fe; que con palabras del Nuevo Testamento se manifiesta, sĂ, «con obras», pero tambiĂ©n «con palabras». Tenemos que aprender de nuevo a llamar con nombre y apellido al Maestro de todas las misericordias: JesĂşs, el Cristo.
Llegados a este punto me anticipo a la objeciĂłn que conozco bien. Se nos pregunta: ÂżPero quĂ© es, en concreto, esta «caridad de la verdad»? ÂżConsiste quizás en llevar, o en volver a llevar, a todos al catecismo? ÂżY además se nos pide a nosotros que lo hagamos, a nosotros que formamos parte de una Iglesia que despuĂ©s del Concilio, durante más de un cuarto de siglo ha pasado sin Ă©l, al menos de manera oficial? ÂżUna Iglesia que cuando finalmente se ha decidido a compilarlo, lo ha hecho no obstante la desconfianza, cuando no la hostilidad, de muchos teĂłlogos, y por supuesto de algĂşn obispo? ÂżCuál es esa «verdad» que deberĂa ser objeto de nuestra caridad, cuando parece que en las cátedras de las escuelas y en los catálogos de las editoriales, que se dicen «catĂłlicas», se enseña todo lo contrario?
Objeciones y preguntas que tienen su fundamento, pero que hace falta identificarlo, y eso es lo que haremos a continuaciĂłn. Mientras tanto, permĂtaseme señalar que nunca me ha parecido que tenga fundamento la objeciĂłn (difundida actualmente aun dentro de la Iglesia) segĂşn la cual ninguno, ni siquiera el cristiano, deberĂa pretender tener la verdad en el bolsillo. Nadie, ni siquiera el que cree en el Evangelio, deberĂa pretender tener toda la razĂłn de su parte. A los que afirman esto, me sale espontáneamente contestarles que yo, en cuanto «hombre mortal» no tengo ninguna verdad objetiva que proponer, no puedo pretender que nadie siga mis opiniones personales, pero el Bautismo me ha hecho cristiano y los sacramentos me mantienen en la fe del Protagonista del Evangelio que ha dicho de sĂ mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).
Reconozco en JesĂşs al Cristo anunciado por los profetas y esperado por Israel; veo en Él a mi Salvador y Maestro; por tanto, si Él ha dicho que es la verdad, yo, que soy su discĂpulo, creo asimismo poseerla. No es ni mĂ©rito ni culpa mĂa; creo que existe la verdad, que tiene el rostro de JesĂşs; de aquĂ que tenga derecho a decir (con tanta humildad como convicciĂłn) que, en cuanto cristiano, poseo la verdad. La verdad completa, definitiva, si bien debiendo profundizar en ella para comprenderla y que nos desvele toda su riqueza. Por este motivo estoy totalmente convencido de no poder hacer una caridad mayor al prĂłjimo que anunciarle que en ese Galileo la verdad se hizo presente entre nosotros. Si entendemos esto, tenemos ya la respuesta a algunas de las preguntas que nos hacĂamos hace un momento. A quienes nos pregunten: «¿Pero quĂ© es en realidad esa verdad?», debemos contestarles que por encima de ser un libro, un manual, un catecismo, un sistema de pensamiento… es sobre todo, una persona. Una persona que, antes que con su palabra, ha sido con su vida entre nosotros como nos ha mostrado cuáles eran las exigencias de la revelaciĂłn divina que ha venido a traernos. Es la persona que nos ha mostrado el «secreto» de la verdad.
Un secreto que, de hecho, los cristianos de todas las Ă©pocas han puesto siempre en el centro de sus perspectivas, y que en la actualidad muchos de ellos parecen haber olvidado. El secreto es el siguiente (y es con un poco de reserva que recuerdo algo que deberĂa darse por descontado): esta corta vida terrena no es sino el preludio de la vida eterna. Éste es el tiempo de la prueba, es el tiempo del viaje hacia un destino que jamás tendrá ocaso. El nacimiento de cada hombre es el principio de una aventura que no tendrá nunca fin. El paso por la puerta estrecha y dolorosa de la muerte terrena marcará para cada uno la entrada en una dimensiĂłn misteriosa pero cierta, objetiva, definitiva.
Resulta extraño que estando entre tantos cristianos, leyendo tantas de sus obras, viendo tantas de sus iniciativas, a la vez se tenga la sospecha de que se haya escondido, apartado, olvidado, precisamente esto que es lo principal de su fe, es decir, la esperanza de la que todo deriva. Y me parece que es precisamente este alejamiento el que puede explicarnos lo que señalábamos al principio: un cristianismo reducido a comprometerse por mejorar sĂłlo las condiciones materiales de vida; una fe entendida como sĂłlo voluntariado, como solidaridad social sin ninguna referencia explĂcita a lo sobrenatural.
Digámoslo claramente: tambiĂ©n nosotros, nosotros los cristianos, como aquellos que «no tienen esperanza» (usando la expresiĂłn de San Pablo), tambiĂ©n nosotros corremos el riesgo a veces de preocuparnos de la salud mucho más que de la salvaciĂłn; corremos el riesgo de pensar que lo que verdaderamente importa es preocuparse de la muerte del cuerpo, más que de esa posible muerte del alma. Creemos que lo que se nos ha pedido es aliviar a los pobres en sus necesidades econĂłmicas, sociales, polĂticas; pero parece que no creemos sobre todo en la necesidad de ayudarlos en su carencia fundamental, es decir, en conocer al Dios redentor y salvador, saber que esta vida no lo es todo, que es Ăşnicamente el preámbulo de la vida verdadera, ya que no es aquĂ, sino allĂ donde tendremos «una morada permanente» (ver 2Cor 5,1).
TambiĂ©n en este caso resulta ser una cuestiĂłn de equilibrio, un problema de et et; la misma cruz es un ejemplo, siendo una sĂntesis que acepta todo sin rechazar nada. De hecho, la cruz tiene un brazo vertical que representa el cielo y otro horizontal que simboliza la tierra. Hubo siglos en los que , por lo menos a nivel de espiritualidad y pastoral, se pensĂł que el cielo y la tierra eran realidad es separada s , es más, incompatibles entre sĂ. Mientras más creyente se era, tanto más se despreciaba esta vida terrena para aspirar solamente a la vida celeste. Un desequilibrio, sin duda, ante el que hemos reaccionado con la ley del pĂ©ndulo: al que hoy habla del cielo se le tacha de alienado y alienante; al que intenta tomarse la vida terrena en serio pero es capaz de mirar al más allá, se le acusa de falta de compromiso, y de espiritualidad desencarnada. No en vano, como ya se ha señalado, en la Iglesia se han abierto muchas ventanillas para dar informaciĂłn de todo (pensemos en la «documentitis», en la locuacidad de tantos sectores de la Iglesia), pero parece que se ha cerrado justamente la ventanilla que sĂłlo el cristiano puede tener abierta: la de la informaciĂłn escatolĂłgica sobre el desenlace de cada vida humana. De aquĂ que piense que ser « confesores de la fe en nuestro tiempo» signifique sobre todo esto: reencontrar la cruz en toda su integridad, mirar a ambos brazos: el vertical no tiene sentido sin el horizontal. No hay oposiciĂłn sino continuidad entre cielo y tierra. Se nos ha dado el tiempo para construir nuestro más allá. Mirar a la realizaciĂłn final de nuestra existencia no es una huida sino más bien el alimento del compromiso social y cultural.
Quitando algunas vocaciones monásticas especiales, nosotros, sobre todo los laicos, no podemos alimentar nuestra espiritualidad solamente meditando el texto de la ImitaciĂłn de Cristo, si bien es algo extraordinario. Pero atenciĂłn, si bien no puede bastarnos, no por eso podemos relegarlo y considerarlo como un libro inĂştil e incluso condenarlo para sustituirlo Ăşnicamente por libros de sociologĂa, de actividades sociales o tal vez por programas de movimientos polĂticos. El problema, lo repito una vez más, no consiste en eliminar (aut aut), sino en unir en sĂntesis, a menudo muy difĂcil, pero indispensable, el et et como decĂamos antes. Por tanto: comprometidos con el mundo, y con todas nuestras mejores fuerzas, pero al mismo tiempo conscientes de que este compromiso en la historia se ve siempre desde una perspectiva que va más allá de la historia. Para decirlo con un slogan: desde la perspectiva de la fe hay que tomarse en serio todas las vicisitudes humanas, pero no «a lo trágico». Debemos ser conscientes de que la llamada a cumplir con nuestro deber de hombres solidarios, de constructores sociales, de personas comprometidas, debe ir acompañada de esa virtud cristiana que es el humor, la ironĂa sin malicia, de quien sabe que nada es definitivo, que nada es perfecto, porque a lo definitivo y perfecto se llegará sĂłlo cuando «Cristo [sea] todo en todos» (Col 3,11). De aquĂ la seriedad y la sonrisa de quien no rechaza las esperanzas humanas, pero a la vez no olvida que más allá de Ă©stas está la Esperanza que nos ha regalado Cristo, que ya vive y que nos espera en su gloria. Por decirlo en ese latĂn que parece que hoy conocemos más los laicos que los sacerdotes: quisque agat officium suum, que cada uno haga lo que puede y debe. Nosotros, como cristianos, podemos y debemos dar un significado a ese «sufrimiento inĂştil, desesperante» que es la vida sin la luz de la fe.
Les confieso que antes de salir de casa, releyendo estas páginas, me he sentido un poco incĂłmodo. DespuĂ©s de tanta reflexiĂłn sobre estos temas, de tantos miles de páginas escritas y publicadas, soy al menos consciente de la amplitud de todo lo que se podrĂa decir, precisar, discutir delante de una asamblea tan cualificada como Ă©sta y con un tĂtulo que abarca tanto como el que se me ha dado.
Mi incomodidad se debe en parte al hecho de haber tenido que limitarme a algunas pinceladas someras sin la posibilidad de articular el discurso como hubiera sido justo, y sin poder olvidar la limitaciĂłn, como ya he dicho, de mi punto de vista, marcado profundamente por el Occidente intelectual y postmoderno. Vuelvo entonces a lo que decĂa al principio: consideren mis pobres palabras como una simple provocaciĂłn y no ciertamente como una lecciĂłn (no serĂa capaz de darla, pues a pesar de tener una licenciatura desde hace mucho tiempo, no tengo nada de profesor), ni mucho menos como un sermĂłn (como laico no me corresponde hacerlo y por otra parte serĂa ridĂculo quererlo hacer). Estas palabras son sĂłlo un balbuceo para atraer nuestra atenciĂłn (estamos llamados a ser « confesores de la fe») sobre lo más valioso que tenemos, sobre eso que se nos ha «dado gratis». Sobre eso que ante todo y sobre todo hemos de intentar testimoniar a toda la humanidad, convocada como nosotros a recorrer los caminos del mundo para los que hacen falta brĂşjulas, motivaciones, metas que guĂen y sostengan en el viaje hacia el dĂa que no tiene ocaso.
