El gran Milagro

abrìl 2001 :: Panorama Catòlica

“Alguien ha dicho que, en el fondo cada autor escribe el mismo libro. Este es también mi caso, por supuesto. En los doce libros que han precedido a éste y en un numero indeterminado de artículos y escritos di versos, no he hecho otra cosa sino empezar una y otra vez desde el principio; a plantearme y a plantear la más radical de las cuestiones: «Es verdad o no es verdad». En realidad. rne he limitado a entrar en el fondo de la cuestiòn que Juan el Bautista ordena plantear in el Evangelio: “¿Eres tù el que ha da venir, o debemos esperar a otro?” (Mt. 11, 2).

Este es el motivo de que dentro del campo de los estudios religiosos, que hasta entonces me era ajeno, la parcela que más he desarrollado es la de la apologética; la investigación y el análisis de todo lo que pueda hacer razonable -es decir, plenamente humano- el creer; el intento de utilizar, a modo de reflejo de ese don de Dios que es la fe, ese otro don suyo irrenunciable que es la razón. ”
Vittorio Messori fue un agnóstico hasta que una fuerza irresistible lo llevó a indagar por qué la mayoría de las cosas quedan un paso más allá del alcance de la razón, en el dominio del misterio.

Y en esa línea de reflexión ha descubierto, entre muchas otras cosas, que la tan odiada “fábrica de falsos hechos maravillosos y milagros” que los agnósticos y materialistas imputan a la Iglesia Católica es en realidad -por el contrario- extremadamente cautelosa en el reconocimiento de aquellos hechos que los teólogos definen como milagro. (La suspensión temporal de las leyes de la naturaleza, esas leyes de la Naturaleza en las que Dios mismo se esconde “cuando quiere pasar desapercibido”, como dice con poética sutileza.

El milagro es un auxiliar, una muleta de la fe. Su aceptación está en cierto modo ya en semilla en el espíritu de quien lo presencia y se convierte o refuerza su fe. El que milita en la religión del ateísmo no aceptará ningún milagro, aunque se realice frente a sus narices y siempre encontrará algún motivo para desacreditarlo. «Un creyente es un hombre que admite un milagro si se ve obligado por la evidencia. En cambio, un no creyente es alguien que ni siquiera acepta discutir de milagros, porque le obliga a ello la doctrina que profesa y a la que no puede contradecir», cita Messori del agudísimo Chesterton.

 

Pero hay milagros y milagros. Los que los católicos conocemos por la revelación, particularmente el milagro por antonomasia: la Resurrección de Cristo, sin el cual “vana sería nuestra fe” como señala el Apóstol San Pablo. Otros que los creyentes recibimos por tradición y que fortalecen nuestra fe, aunque no estén probados en actas. Están también los milagros cuidadosamente documentados, que son elementos indispensables para acreditar la santidad en los procesos de canonización. En esta línea, dice Messori, la comisión que certifica las curaciones de Lourdes es una muestra del estricto rigor científico en la certificación de lo sobrenatural. Sin embargo allí, aún, muchos han descreído; ¿cómo saber -se preguntan-si estas curaciones no se deben a influjos psíquicos que potencian fuerzas aún desconocidas por la ciencia?…

 

«Ningún creyente tendría la ingenuidad de solicitar la intervención divina para que una pierna cortada vuelva a aparecer. Un milagro de este género, que quizás resultara decisivo, nunca se ha comprobado. Y se puede predecir, con toda tranquilidad, que nunca lo será», pontifica Felix Michaud, seguro de haber encontrado el “milagro imposible”.

En la recorrida de estos caminos Messori dio con ese milagro que los escépticos han reclamado siempre cortes imposible de falsificar y por lo tanto -según ellos- jamás comprobado: la restitución un miembro amputado. Y es allí donde la regeneración de la pierna <1e joven Miguel Juan Pellicer, acaecida la noche del 29 de marzo de 1640 quiebra la más fuerte linea argumental de los enemigos de la posibilidad de lo milagroso.

Este joven campesino aragonés, analfabeto, piadoso y devoto de la Virgen del Pilar, perdió su pierna, severamente dañada por un accidente de trabajo corno peón de campo (una rueda de carro se la aplastó) luego de varios meses de intentos de salvársela con curaciones. Hubieron de cortarla para evitar finalmente la perdida de la su vida.

En esta España supuestamente atrasada y en la que los pobres supuestamente vivían en el más absoluto desamparo social, éste y otros campesinos eran atendidos sin cargo en hospitales dignos y a veces renombrados, y sus historias clínicas se llevaban prolija y puntillosamente. De allí que se sepa al detalle el doloroso proceso que culminó con la amputación, cuyo miembro seccionado fue enterrado en el mismo hospital. Esto ocurría en 1636.

Cuatro años más tarde, en la noche antes referida, el miembro se restituyó milagrosamente y el fenómeno fue acompañado por un perfume de exquisita fragancia que invadió cl recinto pobrísimo de los Pellicer.

Messori rescata la historia, la enmarca en su contexto histórico, siempre reivindicador de la civilización cristiana y desmitificador de leyendas negras. Plantea, además al lector escéptico, el problema -el misterio- de la libertad del hombre para la aceptación o el rechazo de la verdad; descubre un extraño silencio (no lo atribuye a conspiración alguna) sobre este caso prácticamente único por sus características y definitivamente único por el caudal y la calidad de los testimonios documentados. Finalmente concluye sobre la necesidad y la enseñanza del milagro, la libertad del creyente para no dar su asentimiento interno, (ya que no forma parte del dogma) argumentando así contra el mito de esclavitud intelectual del católico.

El valor agregado del testimonio de Messori, más allá de su reconocida calidad intelectual y su indiscutible fidelidad a la Iglesia, está -como el en el caso de muchos otros conversos- en la especial sensibilidad frente a hechos que el católico de siempre vive muchas veces con naturalidad y hasta con tibieza, mientras que el que ha llegado a la fe por el camino pedregoso de la búsqueda comprende en toda su maravillosa profundidad.

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