Confesores de la fe en nuestro tiempo: signos del Espíritu y expectativas de los hombres

XVIII Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos, de Vittorio Messori

Ponencia presentada en la XVIII Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos celebrada en Roma del 27 de febrero al 2 de marzo de 1999 y publicada en el volumen Redescubrir la Confirmación, Pontificio Consejo para los Laicos, Ciudad del Vaticano 2000. Posteriormente el autor ha introducido pequeñas correcciones y adaptaciones en vistas a la presente edición.

En el Anuario estadístico de la Iglesia de 1999 consta que por primera vez los católicos bautizados han superado los mil millones . La cifra puede parecer impresionante, pero quizás otros datos puedan ofrecer algunos elementos para la reflexión.

Para empezar diré que es muy significativo que justo durante la celebración del 2000 aniversario del nacimiento de Jesús se dé una nueva primicia histórica. Ateniéndonos siempre a la estadística, entonces el número de musulmanes superará al de los católicos. También esto ocurre por primera vez, y no es solamente un hecho demográfico como resultado de la mayor fecundidad de las familias islámicas. A su vez, otra primicia histórica es la difusión del budismo en Occidente que, hasta hace pocos decenios, parecía un tema exótico, reservado a los especialistas o a los amantes del folklore oriental. Si además vemos qué significan en el porcentaje global aquel los mil millones de católicos, descubrimos que representan sólo el 17% de la población mundial. Por tanto, de cada 100 personas vivas sobre la tierra, 83 no forman parte de nuestra Iglesia. Un porcentaje que, en el continente de mayor población como es Asia, asciende por cierto al 97% de no católicos.

No hace falta recordar que las estadísticas tienen acceso solamente al hecho demostrable del Bautismo, pero no a la adhesión a la fe, que sólo Dios conoce. Podemos, por tanto, basarnos solamente en otra estadística: la de la participación en la Misa los días festivos. Sabemos que en Occidente no se supera el 20-25% de practicantes. Ésta es la media, más alta en algunos lugares y más baja en otros, hasta porcentajes inferiores al 5% en algunos barrios de París que durante siglos fue una de las ciudades clave de la cristiandad, pasando por la crisis de practicantes en la España que fue sinónimo de catolicismo vigoroso. Pero hay más. Las encuestas sociológicas entre estos practicantes que aún sobreviven señalan un dato alarmante: el poco conocimiento de las principales verdades afirmadas por el magisterio de la Iglesia y la poca adhesión a las mismas. Ateniéndonos a una encuesta reciente (realizada precisamente a la salida de la Misa dominical), un porcentaje alto de europeos y americanos declaraba una tendencia a creer más en algún tipo de reencarnación que en la resurrección final de los cuerpos, que es la base de la esperanza cristiana y que hace de ella un unicum. Sabemos asimismo que si continúa el paso a las sectas al ritmo actual, el continente latinoamericano será pronto ex-católico, en vez de ser aquel futuro de la Iglesia que se esperaba.

En fin, si queremos actuar con el realismo que, como amor a la verdad, está entre las virtudes cristianas, tendremos que aceptar que después de casi veinte siglos de que Jesús pusiera a Pedro como piedra de su comunidad, son una pequeña minoría aquellos que de verdad forman parte conscientemente de la que el Credo llama «Iglesia una, santa, católica y apostólica».

Pero atención: rechazar la retórica consoladora y constatar nuestra situación actual de minoría no debe llevarnos al desaliento, sino, por el contrario, a confirmarnos en la verdad del Evangelio. Es el mismo Jesús el que lo ha predicho, llamándonos «pequeño rebaño» (Lc 12,32), «grano de mostaza» (ver Mt 13,31), «fermento de levadura en la masa» (ver Mt 13,33). El criterio de la cantidad no es ciertamente un criterio evangélico. Hemos de evitar la mentalidad de los que dicen «pocos, pero buenos»; de los que quisieran que la Iglesia de Cristo se redujera a un puñado de «puros y duros», de virtuosos, de coherentes, a una especie de club de élite. Ésta es la eterna tentación gnóstica, cátara, herejía que el magisterio ha condenado siempre. Es la tentación del donatismo contra el que lucha San Agustín, y del jansenismo que hubiera querido la «secta de los perfectos». Una tentación que viene de antiguo y que resurge con la pretensión de una Iglesia hecha sólo de «creyentes adultos», como dicen, comprometidos, actualizados, militantes… Y, sin embargo, la propuesta cristiana —en particular la católica— va dirigida a todos. Ante cada hombre y cada mujer se abren las puertas de esa Iglesia que su mismo Fundador compara con una gran red echada al mar para pescar toda clase de peces. Pero también debemos ser conscientes de que en el misterioso plan de Dios está previsto que no todos acojan la invitación, a pesar de estar dirigida a todos; que muchos no entren a formar parte, al menos de modo visible, de la Iglesia. No olvidemos la etimología. Iglesia es en griego ekklesia, la comunidad de los llamados: la comunidad, por tanto, de los que el Espíritu ha convocado, según criterios misteriosos que a nosotros se nos escapan pero que debemos respetar. Sin olvidar tampoco lo que tanto los místicos como los santos han intuido, y los teólogos han teorizado: los confines de la Iglesia espiritual, invisible, los conoce sólo Cristo y son mucho más amplios que los de la Iglesia visible e institucional.

Creo, por tanto, que entre los «signos del Espíritu» a los que alude el tema que se me ha dado para la discusión y que debemos discernir, conviene destacar sobre todos éste: el hecho de que el cristianismo en general, y el catolicismo en particular, son una minoría. Ello no nos exime de la obligación de hacer apostolado para proponer y, si es posible, difundir nuestra fe entre el mayor número de personas. En cuanto al resto, los caminos del Señor no son los nuestros; y son caminos imprevisibles. Podría darse que la tendencia negativa diera un giro, incluso de pronto, y que las cifras de católicos subieran, quién sabe si de modo espectacular. ¿No ocurrió eso después de la crisis revolucionaria entre 1700 y 1800, cuando a los ojos humanos la Iglesia perseguida, dispersa, escarnecida, parecía que había llegado a su fin? «Pío VI y último», ¿no fue esto lo que dijo Napoleón hace dos siglos, cuando le comunicaron la muerte, en una pequeña localidad de la provincia francesa, del Papa que él había hecho prisionero? Y por el contrario, se abrió el siglo XIX. Y aun anteriormente, ¿no hemos asistido a un renacimiento espectacular durante la crisis arriana o la de la Reforma protestante, cuando parecía que la Iglesia estaba en las últimas?

Nosotros, sin embargo, debemos contar con la realidad como es hoy por hoy: minoritaria. Realidad que desde un punto de vista evangélico representa, de alguna manera, la normalidad. Realidad que no es necesariamente negativa y que incluso puede ser una oportunidad, siempre que seamos conscientes de una cosa: somos minoría, pero no debemos quedarnos al margen. De ninguna manera podemos sentirnos inútiles, que estamos de más, porque vamos a remolque de otros, porque hacemos y decimos lo que los demás hacen y dicen (a menudo sin ninguna originalidad) y quizás mucho mejor que nosotros.

Para usar la imagen evangélica de la sal: basta poca para dar sabor a toda la masa; pero si pierde el sabor, no sirve para nada. En resumidas cuentas, de ser algo insignificante, la sal se ha convertido en algo marginal. Debemos, por tanto, intentar responder —verdaderamente como cristianos y como católicos— a las expectativas de los hombres, ofreciéndoles eso que sólo nosotros podemos dar.

Diré aquí algunas cosas de las muchas que se podrían decir, lanzando la primera piedra de la provocación y precisando, sobre todo, que no pretendo tener razón. Reconozco en mí un solo carisma: la falibilidad. Y no estoy precisamente de acuerdo con algunas inteligencias clericales actuales que quisieran abolir el dogma de la infalibilidad papal, de 1870, para atribuírsela ellos… Aclarado esto, quisiera recordar con humildad que conozco por experiencia propia el tema del que estoy hablando; algo que puede ser una ventaja pero también un límite. Soy consciente de que me encuentro delante de una Asamblea plenaria de un Consejo que, por ser católico, es por definición, universal. Aquí está representado el laicado de todos los continentes, mientras que quien les habla es europeo. Me sitúo desde la perspectiva de un occidental; por tanto, lo que diré tendrá un significado general pero condicionado por mi propia experiencia, comenzando por mi formación familiar y escolar que no ha sido cristiana, ni mucho menos católica. Mi juventud ha sido la de un italiano de la segunda mitad del novecientos, agnóstico y lejano de la Iglesia. La fe en el Evangelio y la entrada en la Iglesia católica, al menos como practicante, ha sido tardía. Por consiguiente, a diferencia de tantos en el mundo católico, de tantos que conocen el por así decirlo «mundo laico» y su cultura, pero sólo en teoría (quizás por eso se sienten amedrentados y con vergüenza), yo conozco ese mundo y esa cultura por experiencia propia, ya que es ahí donde me he formado (o si prefieren, deformado…). No en vano los trece libros que hasta ahora he escrito son todos sobre «las razones para creer», sobre «motivos racionales para apostar por la verdad de los Evangelios»: no hay página que haya escrito donde no haya tenido como interlocutor, primero y privilegiado, a mí mismo en mi juventud, cuando estaba fuera del haz de luz de una fe que rechazaba sin conocerla. Siendo, no obstante, consciente de que puedo equivocarme tanto en el diagnóstico como en el tratamiento, si vuelvo a mi pasado, creo que puedo identificar bien cuál era mi situación. Era la situación de quien tenía de todo (o casi) para vivir cómodamente, pero le faltaba lo que es más importante: una razón, un sentido, un significado por el que vivir. Le faltaba, de hecho, eso que sólo la fe puede dar.

Permítaseme hacer una observación: en estos decenios, nosotros, hijos de la Iglesia (me refiero a nosotros todos, clero y laicos), nos hemos presentado a menudo como «desequilibrados». En sentido etimológico: carentes de equilibrio. En uno de mis últimos libros, con el sugerente título d e Algunas razones para creer, hacía notar que el cristiano está llamado a la síntesis, a la unión de los opuestos, a la convivencia de los contrarios. En resumen, tanto en su pensamiento como en su acción debe inspirarse en lo que llamo la ley del et et, para decirlo en latín, del both and, para decirlo en inglés. Esta «ley de la síntesis» es la de la ortodoxia. Mientras que aut aut, either or, es la ley de la herejía. No es por casualidad por lo que la palabra «herejía», del griego, significa «aquel que elige». El católico, por tanto, quiere «no sólo esto sino también aquello» (et et), mientras que el hereje quiere «esto o aquello» (aut aut). En cuanto a lo que nosotros nos interesa, en estos decenios hemos estado desequilibrados, como decía anteriormente, incluso en aquello que debe distinguir al discípulo de Cristo, es decir, en el ejercicio de la caridad.

Quizás hemos olvidado que la caridad también es «doble» (et et): existe la caridad del pan, del cuerpo, de la ayuda material. Pero también la caridad de la verdad, la del espíritu, la de la inteligencia, la de la voluntad; la caridad del alimento espiritual; y es justamente ésta la más apreciada en la jerarquía de la realidad cristiana.

Llevamos muchos años entendiendo la caridad como la ayuda a los hermanos, casi únicamente como solidaridad social, como asistencia económica, como voluntariado, como recogida de donativos para dar pan, techo, medicinas, a quien lo necesita. Naturalmente, se ha tratado y se trata de cosas estupendas, y ¡ay de nosotros si nos olvidásemos de ellas! Pero, ay de nosotros también si nos olvidásemos de que (palabras de Jesús) «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Muy a menudo, junto al alimento material hemos olvidado ofrecer el espiritual: precisamente la palabra que sale de la boca de Dios; es decir la Revelación, el Evangelio.

Actualmente hay en el mundo muchísimos cristianos, muchísimos católicos que se entregan generosamente a los demás, ya sea aquí en Occidente como en el llamado tercer mundo. A ellos va nuestro reconocimiento; pero al mismo tiempo nuestra inquietud. De hecho, a menudo no parece que consideren la fe como «artículo de primera necesidad», dado que no unen a sus gestos (siendo éstos sacrosantos) aquel anuncio que puede alimentar el alma. Por cierto, conozco católicos que piensan que es parte de su deber de caridad el no hacer un anuncio explícito porque, por decirlo con palabras de los Hechos de los Apóstoles, «sólo en el nombre de Jesús está la salvación» (ver Hch 4,2). ¡El hablar de la fe a las claras les parece falta de respeto hacia los demás! Sin embargo, los santos siempre han sabido y enseñado, de acuerdo con el resto del magisterio de la Iglesia, que la primera de las caridades es la de la verdad. ¿No es acaso para revelárnosla, para comunicárnosla, para enseñárnosla, para lo que el Logos ha venido entre nosotros? ¿Hemos quizás olvidado que la ética (incluso, y sobre todo la más sublime) no es sino una consecuencia de la fe en el Dios de Jesucristo?

En efecto, en la actualidad nuestra solidaridad para con el prójimo es a menudo anónima, casi como si considerásemos superfluo (es más, hasta ofensivo, como dije anteriormente) ponerla bajo el signo de Jesús. Hemos olvidado la ley del realismo cristiano: nosotros no somos llamados a amar y servir a los demás, a todos los hombres, por amor al hombre. El hombre (comenzando por nosotros) con frecuencia no es de hecho amable, no es simpático, es inconstante, egoísta y tantas veces desagradecido. Si somos cristianos, estamos llamados a amar a los hermanos no especialmente por amor a los hombres, sino por amor a Cristo que vive en ellos. Por este motivo, la caridad no es esa filantropía, esa solidaridad que se practica al margen de la fe. Por poner un ejemplo llamativo: la controversia que desde hace casi tres siglos enfrenta a la Iglesia con la masonería tiene su fundamento precisamente en esto, la defensa cristiana de lo específico de la caridad en relación a la filantropía de la que habla la Logia masónica. Filantropía (hoy se dice solidaridad) que es realmente, si la miramos bien, un intento de vivir la moral cristiana prescindiendo de Cristo. Un intento de practicar ese efecto espontáneo de la fe que es la ética, pero rechazando la fe en sí misma o no teniéndola en cuenta.

Y hay más. ¿Estamos de verdad seguros de poder practicar la caridad del pan, de poder ayudar a nuestro prójimo de modo justo y eficaz, prescindiendo de la guía de la fe? Un gran cristiano, un gran laico católico, Blaise Pascal, resumió en cinco palabras el programa de la caridad para los seguidores del Evangelio. Dichas en el francés de Pascal, estas palabras son: «Bien penser pour bien agir», pensar bien para actuar bien. Pensar bien, es decir, orientar nuestro comportamiento según la dirección que nos proporciona la fe. ¿De qué serviría eso, que no por casualidad se llama Revelación, y que nosotros consideramos recibida del propio Dios, si bastase nuestra buena voluntad, nuestro sentido común, nuestra razón, dejadas a sí mismas, para rellenar el folleto de instrucciones para el buen uso de nosotros mismos en el mundo? En efecto, hay que tener la fundada sospecha de que muchas de las llamadas «causas buenas», con las que hoy se comprometen tantos cristianos, no sean de hecho buenas a pesar de las apariencias edificantes. Se tiene la sospecha de que determinadas buenas acciones que no van precedidas del «pensar bien», tengan el riesgo, a pesar de la buena voluntad, de perjudicar al prójimo más que de ayudarlo. Pensemos en tantos cristianos que en las últimas décadas se han pasado al marxismo ateo, convencidos (y de buena fe) de que la praxis comunista, a pesar de no aceptar el pensamiento cristiano, era beneficiosa para el hombre. Conocemos de sobra los resultados desastrosos que ha reportado a la humanidad. Hoy, una vez que el comunismo ha caído sin pena ni gloria, muchos cristianos, muchos católicos se han pasado a las filas de los que mantienen la ideología de moda: el liberalismo, con sus prescripciones de lo politically correct. Muchos creyentes piensan que los caminos del Evangelio coinciden con estos nuevos decálogos de lo políticamente correcto, pero tengo la duda de que una vez más esto sea un equívoco, de que todo es «ser bueno s», que está tan de moda, tenga poco que ver con el proyecto de Cristo.

Tenemos necesidad de la fe para que guíe nuestro camino, para no ser ciegos que guían a otros ciegos. Pero asimismo tenemos el deber de darla a conocer a los demás. Si muy a menudo no seguimos practicando esta caridad de la verdad, es precisamente porque , quizás inconscientemente , hemos reducido el Evangelio a un «manual de voluntariado», a un «texto para la solidaridad social». El Evangelio también puede ser esto, pero lo es de manera subordinada. Si el Evangelio es la «buena noticia» (en griego) no es precisamente porque viene a quitarnos el sufrimiento, sino porque viene a quitarnos la desesperación. Y la desesperación nos acompaña necesariamente (lo digo por experiencia personal: no nací cristiano, como ya dije) si todos nuestros proyectos se estrellan contra el muro de la muerte; si nos damos cuenta de que todos nuestros afanes son absurdos porque la oscuridad acabará con todo ello sin remedio; si estamos provistos de todo menos de esperanza, sin la cual, incluso lo que pudiera ser más dulce, se vuelve amargo.

Ésta, pienso yo, es la primera gran expectativa de los hombres de siempre, y en particular de los de hoy: encontrar un sentido para vivir y morir, para gozar y sufrir, para la salud y la enfermedad. Un envenenamiento mundano (pensamos sobre todo en la «vulgata» marxista) nos ha deformado hasta el punto de identificar la pobreza, siempre y solamente, con la falta de dinero, de comida, de bienes materiales. Naturalmente se es pobre también así, pero parece que nos hemos olvidado de que es justamente en los países más ricos donde el hombre es hoy más pobre. Porque ni los automóviles , ni las cuentas en los bancos, ni una casa llena de todos los electrodomésticos imaginables, ni un a computadora o un teléfono celular, ni una ropa elegante, consuelan al hombre al que le diagnostican un cáncer, o a la mujer que no se siente amada, o simplemente a cualquier persona que se ponga en verdad frente a la condición humana y sea consciente de que todo es inútil y caduco.

Estoy convencido de que todos en la Iglesia, comenzando por nosotros los laicos, cada cristiano, cada uno a su nivel, debería darse cuenta de que tiene algo con lo que debe ayudar al hermano. Una ayuda que sólo él le puede dar, es decir, la caridad de la verdad sobre el hombre y el mundo que, como el mismo Jesús ha dicho, es la única que libera. Nos libera, por tanto, de la desesperación, dando un significado a esa carrera frenética que es la vida humana y que parece venir de la nada para volver a la misma nada, esta vida nuestra que, si no sabemos buscarle un significado, no será más que, como alguien ha dicho, «un paquete que el ginecólogo manda directamente al sepulturero». Rechazar el absurdo desesperante y aceptar el Misterio que consuela es la propuesta que podemos hacer solamente nosotros, los creyentes, pobre rebaño, pero al que le ha sido regalado, sin mérito de nuestra parte, aquella levadura de la esperanza que es lo que más falta en la inmensa masa del mundo, al menos en el Occidente postmoderno.

En estos años está sucediendo algo paradójico y misterioso. Se da el caso de que el siglo que termina está llevándose consigo los residuos de todas las esperanzas humanas con las cuales los hombres habían tratado de sustituir (así lo creemos) la Esperanza cristiana, la única que se puede escribir con mayúscula. A partir del siglo XVIII, es decir del Iluminismo europeo, y de ahí poco a poco a través del siglo XIX y del siglo XX, parecía que esas religiones seculares, solamente humanas, como son las ideologías modernas, hubieran quitado el puesto a la fe cristiana. Pues bien, las esperanzas que esas ideologías anunciaban se han vuelto en contra suya. Los sueños de «futuros» radiantes para la humanidad se han convertido en sangrientas pesadillas cada vez que se ha intentado ponerlos en práctica. La expectativa de que la tierra fuera un paraíso se ha visto sofocada por los infiernos de los gulag y los campos de concentración. Y ahora, huérfanos de todas las esperanzas anunciadas por aquellos falsos profetas que han sido tantos intelectuales y políticos, parece que nuestros hermanos de hoy están, más que nunca, disponibles a prestar oído a un anuncio renovado de la esperanza antigua, sí, de hace veinte siglos, pero que justamente hoy podría resonar aún con mayor credibilidad y fuerza, tras haber experimentado, sobre la piel de la humanidad, adónde nos llevaban las redenciones humanas prometidas. Y sin embargo hoy, precisamente hoy, se constata que en muchos cristianos, y desgraciadamente y sobre todo, en muchos católicos, existe una especie de mutismo, como de freno, para volver a anunciar la fe y sus razones. Muchos de los que podrían mitigar la mortífera claustrofobia actual del mundo, volviendo a anunciar explícitamente la Palabra que no defrauda y que salva de la desesperación, parece que quisieran ser solamente «como los demás»; comprometiéndose, sí, pero sólo como humanos, como humanísimos «asistentes sociales», sin querer decir que Cristo es el que los mueve, el que da significado a todo su actuar.

Naturalmente, mi ponencia quiere señalar una situación eclesial que atañe a todos los creyentes: al clero, por supuesto, pero también a nosotros, laicos creyentes. Nosotros, que más que nadie estamos «dentro» del mundo, somos los que debemos volver a encontrar la fuerza de la levadura, el sabor de la sal que se nos ha dado y que tenemos la obligación de dar a los demás. Tenemos que volver a ser, como dice el título de esta ponencia , verdaderos « confesores de la fe», y en medio de todo nuestro activismo hemos de volver a tomarnos en serio la advertencia de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

Quisiera recordar lo que decía al inicio: el problema está en encontrar aquel equilibrio del et et, del both and, sin el cual no hay catolicismo. Por tanto, el redescubrir que la primera forma de caridad es la de anunciar explícitamente la verdad, no significa, de ningún modo, el abandono de las obras de caridad, del voluntariado, de la solidaridad. Pero este dar el pan del cuerpo no es más que la consecuencia lógica, necesaria, natural, para todos aquellos que han recibido el don principal: el de la fe; que con palabras del Nuevo Testamento se manifiesta, sí, «con obras», pero también «con palabras». Tenemos que aprender de nuevo a llamar con nombre y apellido al Maestro de todas las misericordias: Jesús, el Cristo.

Llegados a este punto me anticipo a la objeción que conozco bien. Se nos pregunta: ¿Pero qué es, en concreto, esta «caridad de la verdad»? ¿Consiste quizás en llevar, o en volver a llevar, a todos al catecismo? ¿Y además se nos pide a nosotros que lo hagamos, a nosotros que formamos parte de una Iglesia que después del Concilio, durante más de un cuarto de siglo ha pasado sin él, al menos de manera oficial? ¿Una Iglesia que cuando finalmente se ha decidido a compilarlo, lo ha hecho no obstante la desconfianza, cuando no la hostilidad, de muchos teólogos, y por supuesto de algún obispo? ¿Cuál es esa «verdad» que debería ser objeto de nuestra caridad, cuando parece que en las cátedras de las escuelas y en los catálogos de las editoriales, que se dicen «católicas», se enseña todo lo contrario?

Objeciones y preguntas que tienen su fundamento, pero que hace falta identificarlo, y eso es lo que haremos a continuación. Mientras tanto, permítaseme señalar que nunca me ha parecido que tenga fundamento la objeción (difundida actualmente aun dentro de la Iglesia) según la cual ninguno, ni siquiera el cristiano, debería pretender tener la verdad en el bolsillo. Nadie, ni siquiera el que cree en el Evangelio, debería pretender tener toda la razón de su parte. A los que afirman esto, me sale espontáneamente contestarles que yo, en cuanto «hombre mortal» no tengo ninguna verdad objetiva que proponer, no puedo pretender que nadie siga mis opiniones personales, pero el Bautismo me ha hecho cristiano y los sacramentos me mantienen en la fe del Protagonista del Evangelio que ha dicho de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

Reconozco en Jesús al Cristo anunciado por los profetas y esperado por Israel; veo en Él a mi Salvador y Maestro; por tanto, si Él ha dicho que es la verdad, yo, que soy su discípulo, creo asimismo poseerla. No es ni mérito ni culpa mía; creo que existe la verdad, que tiene el rostro de Jesús; de aquí que tenga derecho a decir (con tanta humildad como convicción) que, en cuanto cristiano, poseo la verdad. La verdad completa, definitiva, si bien debiendo profundizar en ella para comprenderla y que nos desvele toda su riqueza. Por este motivo estoy totalmente convencido de no poder hacer una caridad mayor al prójimo que anunciarle que en ese Galileo la verdad se hizo presente entre nosotros. Si entendemos esto, tenemos ya la respuesta a algunas de las preguntas que nos hacíamos hace un momento. A quienes nos pregunten: «¿Pero qué es en realidad esa verdad?», debemos contestarles que por encima de ser un libro, un manual, un catecismo, un sistema de pensamiento… es sobre todo, una persona. Una persona que, antes que con su palabra, ha sido con su vida entre nosotros como nos ha mostrado cuáles eran las exigencias de la revelación divina que ha venido a traernos. Es la persona que nos ha mostrado el «secreto» de la verdad.

Un secreto que, de hecho, los cristianos de todas las épocas han puesto siempre en el centro de sus perspectivas, y que en la actualidad muchos de ellos parecen haber olvidado. El secreto es el siguiente (y es con un poco de reserva que recuerdo algo que debería darse por descontado): esta corta vida terrena no es sino el preludio de la vida eterna. Éste es el tiempo de la prueba, es el tiempo del viaje hacia un destino que jamás tendrá ocaso. El nacimiento de cada hombre es el principio de una aventura que no tendrá nunca fin. El paso por la puerta estrecha y dolorosa de la muerte terrena marcará para cada uno la entrada en una dimensión misteriosa pero cierta, objetiva, definitiva.

Resulta extraño que estando entre tantos cristianos, leyendo tantas de sus obras, viendo tantas de sus iniciativas, a la vez se tenga la sospecha de que se haya escondido, apartado, olvidado, precisamente esto que es lo principal de su fe, es decir, la esperanza de la que todo deriva. Y me parece que es precisamente este alejamiento el que puede explicarnos lo que señalábamos al principio: un cristianismo reducido a comprometerse por mejorar sólo las condiciones materiales de vida; una fe entendida como sólo voluntariado, como solidaridad social sin ninguna referencia explícita a lo sobrenatural.

Digámoslo claramente: también nosotros, nosotros los cristianos, como aquellos que «no tienen esperanza» (usando la expresión de San Pablo), también nosotros corremos el riesgo a veces de preocuparnos de la salud mucho más que de la salvación; corremos el riesgo de pensar que lo que verdaderamente importa es preocuparse de la muerte del cuerpo, más que de esa posible muerte del alma. Creemos que lo que se nos ha pedido es aliviar a los pobres en sus necesidades económicas, sociales, políticas; pero parece que no creemos sobre todo en la necesidad de ayudarlos en su carencia fundamental, es decir, en conocer al Dios redentor y salvador, saber que esta vida no lo es todo, que es únicamente el preámbulo de la vida verdadera, ya que no es aquí, sino allí donde tendremos «una morada permanente» (ver 2Cor 5,1).

También en este caso resulta ser una cuestión de equilibrio, un problema de et et; la misma cruz es un ejemplo, siendo una síntesis que acepta todo sin rechazar nada. De hecho, la cruz tiene un brazo vertical que representa el cielo y otro horizontal que simboliza la tierra. Hubo siglos en los que , por lo menos a nivel de espiritualidad y pastoral, se pensó que el cielo y la tierra eran realidad es separada s , es más, incompatibles entre sí. Mientras más creyente se era, tanto más se despreciaba esta vida terrena para aspirar solamente a la vida celeste. Un desequilibrio, sin duda, ante el que hemos reaccionado con la ley del péndulo: al que hoy habla del cielo se le tacha de alienado y alienante; al que intenta tomarse la vida terrena en serio pero es capaz de mirar al más allá, se le acusa de falta de compromiso, y de espiritualidad desencarnada. No en vano, como ya se ha señalado, en la Iglesia se han abierto muchas ventanillas para dar información de todo (pensemos en la «documentitis», en la locuacidad de tantos sectores de la Iglesia), pero parece que se ha cerrado justamente la ventanilla que sólo el cristiano puede tener abierta: la de la información escatológica sobre el desenlace de cada vida humana. De aquí que piense que ser « confesores de la fe en nuestro tiempo» signifique sobre todo esto: reencontrar la cruz en toda su integridad, mirar a ambos brazos: el vertical no tiene sentido sin el horizontal. No hay oposición sino continuidad entre cielo y tierra. Se nos ha dado el tiempo para construir nuestro más allá. Mirar a la realización final de nuestra existencia no es una huida sino más bien el alimento del compromiso social y cultural.

Quitando algunas vocaciones monásticas especiales, nosotros, sobre todo los laicos, no podemos alimentar nuestra espiritualidad solamente meditando el texto de la Imitación de Cristo, si bien es algo extraordinario. Pero atención, si bien no puede bastarnos, no por eso podemos relegarlo y considerarlo como un libro inútil e incluso condenarlo para sustituirlo únicamente por libros de sociología, de actividades sociales o tal vez por programas de movimientos políticos. El problema, lo repito una vez más, no consiste en eliminar (aut aut), sino en unir en síntesis, a menudo muy difícil, pero indispensable, el et et como decíamos antes. Por tanto: comprometidos con el mundo, y con todas nuestras mejores fuerzas, pero al mismo tiempo conscientes de que este compromiso en la historia se ve siempre desde una perspectiva que va más allá de la historia. Para decirlo con un slogan: desde la perspectiva de la fe hay que tomarse en serio todas las vicisitudes humanas, pero no «a lo trágico». Debemos ser conscientes de que la llamada a cumplir con nuestro deber de hombres solidarios, de constructores sociales, de personas comprometidas, debe ir acompañada de esa virtud cristiana que es el humor, la ironía sin malicia, de quien sabe que nada es definitivo, que nada es perfecto, porque a lo definitivo y perfecto se llegará sólo cuando «Cristo [sea] todo en todos» (Col 3,11). De aquí la seriedad y la sonrisa de quien no rechaza las esperanzas humanas, pero a la vez no olvida que más allá de éstas está la Esperanza que nos ha regalado Cristo, que ya vive y que nos espera en su gloria. Por decirlo en ese latín que parece que hoy conocemos más los laicos que los sacerdotes: quisque agat officium suum, que cada uno haga lo que puede y debe. Nosotros, como cristianos, podemos y debemos dar un significado a ese «sufrimiento inútil, desesperante» que es la vida sin la luz de la fe.

Les confieso que antes de salir de casa, releyendo estas páginas, me he sentido un poco incómodo. Después de tanta reflexión sobre estos temas, de tantos miles de páginas escritas y publicadas, soy al menos consciente de la amplitud de todo lo que se podría decir, precisar, discutir delante de una asamblea tan cualificada como ésta y con un título que abarca tanto como el que se me ha dado.

Mi incomodidad se debe en parte al hecho de haber tenido que limitarme a algunas pinceladas someras sin la posibilidad de articular el discurso como hubiera sido justo, y sin poder olvidar la limitación, como ya he dicho, de mi punto de vista, marcado profundamente por el Occidente intelectual y postmoderno. Vuelvo entonces a lo que decía al principio: consideren mis pobres palabras como una simple provocación y no ciertamente como una lección (no sería capaz de darla, pues a pesar de tener una licenciatura desde hace mucho tiempo, no tengo nada de profesor), ni mucho menos como un sermón (como laico no me corresponde hacerlo y por otra parte sería ridículo quererlo hacer). Estas palabras son sólo un balbuceo para atraer nuestra atención (estamos llamados a ser « confesores de la fe») sobre lo más valioso que tenemos, sobre eso que se nos ha «dado gratis». Sobre eso que ante todo y sobre todo hemos de intentar testimoniar a toda la humanidad, convocada como nosotros a recorrer los caminos del mundo para los que hacen falta brújulas, motivaciones, metas que guíen y sostengan en el viaje hacia el día que no tiene ocaso.